Quizás lleve años escribiendo en mi mente este texto y es
probable que el resultado no sea justo ante mis reflexiones alrededor el punto -que
considero- es el más importante dentro de la personalidad de un ser humano.
La autenticidad es un reflejo automático del valor de una
persona consciente. Para serlo, hay que estar seguros de quiénes somos y
reconocer nuestro sentido dentro de la vida. Para ser auténticos habría que
repasar una señal holística dentro de la axiología y notar las bases y
sustentos que dan pie y garantía a nuestro ser.
Hace falta perdernos, reconocernos y encontrarnos. En muchos
casos vemos a personas con vidas aparentemente resueltas y sin mayor viso de
problema sucumbir ante sus miedos más propios e íntimos. Ante esos solo hay
desconfianza, a sabiendas que solo es en el caos cuando aprendemos a tomar las
decisiones que marcan esencialmente la impronta de lo que somos.
Pero somos torpes. A veces queremos parecernos a otros
para sentirnos aceptados… ¡Cómo si nosotros fuéramos esos otros! Es un error
que se repite por el miedo mismo que nos significa no sabernos aceptados por
quienes somos. Para calmar esas angustias mentales, decidimos sacrificar
nuestro desarrollo propio y nos enquistamos deseos ajenos como personales. Y,
cuando empezamos a vivir lo que no es nuestro, definitivamente le robamos
tiempo a nuestra vida para forzarla a ser solo un garabato con el tiempo
contado.
La pregunta me la hice mucho tiempo en mis años colegiales.
Hubo una onda en la que la mayoría quería tener el pelo largo. La verdad, a mis
ojos, no tenía mucho sentido, más allá de ser una sonda contestataria que nada
podría hacerle a un sistema sin entender por ellos. Esa imagen se afianza más
en la adolescencia cuando arquetipos y estereotipos se imponen. Hay que vestir
y sonreír de cierta manera. La imposición social nos roba quiénes somos.
Más adelante, cuando conseguimos el primer empleo volvemos a
nuestro ser principal si tenemos suerte o, si vivimos en desgracia, seguimos vendiendo
una versión de quienes no somos. Un montón de cargas innecesarias y
contradictorias. Por ejemplo: La persona que decide aparentar ser millonaria
busca que la reconozcan como una, pero pasa un montón de peripecias sin sentido
para sustentar lo que no es real y esconder su recurso real. ¿Hasta dónde nos
conduce una falta de confianza y aceptación y terminamos por perder todo?
Muchas personas llaman a tales expresiones el estilo. Pero,
para tener estilo, hay que llevar autenticidad. En mi caso, soy de un estilo
serio y casual, pues la ropa juvenil siento que no se me da. Además, creo que
mi personalidad empata con la forma en la que me visto. De cierta manera
también he conocido a quienes gustan siempre del negro o a quienes trascienden
los paradigmas de la moda con sus combinaciones y eso se les ve bien. Son
auténticos. No son forzados. Hay fluidez corporal hacia el exterior.
He conocido también personas adultas, en sus 30 y 40 que no
son capaces de ser ellas mismas. Venden imágenes todavía más distorsionadas que
las de la adolescencia. Presumen de ser autosuficientes, de controlar todos los
problemas o, ni siquiera, tenerlos. Están, también, quienes no han podido vivir
su orientación sexual por temor a ser libres. Han crecido cómodos dentro de la
represión, así que no son sinceros ni auténticos con ellos mismos y se marginan
de vivir un verdadero placer.
Hay una generación más gruñona que se niega a la
espontaneidad. Son tan fuertes sus regímenes emocionales que se marginan de la expresión
sentimental. Tampoco están en capacidad de expresar afectos porque la vida
autoimpuesta es un panal de mieles para la falsedad espiritual y social. Por
eso, resulta tan atractivo ver aquellos borrachos transformistas que son unos
sobrios y, otros, ebrios. En ellos no se puede confiar porque no se sabe cuál
de las dos o más facetas que exhiben llevan en realidad. Es el mundo de las
máscaras.
Para ser auténticos debemos pasar por camino difícil de la
aceptación. Un camino que siempre ofrece gratificación cuando se logra
sobrepasar sin prisa o premura alguna. ¿Por qué vale un billete? Porque es
auténtico. ¿Por qué es válida una firma? Porque es auténtica. ¿Por qué el arte
nos toca y nos lleva? Porque es auténtico. Por un licor auténtico pagamos mucho dinero, porque buscamos que sea de verdad. Pero, en la vida real, hacemos todo lo contrario. A veces, por cuanto más impostada sea la persona, más atracción sentimos. Es como si estuviéramos burlando la verdad para anesteciarnos con mentiras. ¿Por qué todos somos diferentes?
Porque somos auténticos… Aunque a muchos no les simpatice quiénes son.
Es por eso que la autenticidad se nota, se ve, se siente en
los demás. Sus expresiones son genuinas y no hay temor de expresar ideas, por
descabelladas que suenen. En la autenticidad existe un sano desprecio por la
opinión ajena, entendiéndose esta como una apreciación, mas no como una
imposición. El problema es que gran parte de la humanidad entiende lo
contrario.
La autenticidad no se la lleva con los mentirosos ni con los
siempre reservados. Los auténticos conocen su lugar en el mundo y en la vida de
quienes quieren, por lo que no se permiten maltratos que vayan contra su ser y
su legado, como tampoco otorgan raíces a quienes se esconden en espirales de
problemas para huir de su ser, de su autenticidad, paradójicamente.
Ser auténticos es una apertura, es desarrollar nuestra
personalidad con creces bajo la más fuerte de las bases: Una persona auténtica
reconoce su valor, y como tal, no se entrega, sino que ayuda a generar valor.
No podemos combatir para llegar a la autenticidad, sino convivir hasta alcanzar
la armonía de quien verdaderamente somos, no de quien pretendemos hacernos
sentir en la vida.
Si queremos dejar huella, esta debe ser diferente; debe ser
auténtica. La autenticidad no reconoce temor y sí sabe el valor de lo real, no
de lo mental o imaginario, el caldo de cultivo de las falsedades que empañan la
vida.
La autenticidad no se puede impostar.
La autenticidad no se puede impostar.
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