lunes, 16 de mayo de 2022

Los leales

Reconocer la necesidad que tenemos de los amigos es un paso esencial para gozar la vida. Ellos, como bien se ha dicho, son piedra angular en nuestro desarrollo social y emocional. Sin su presencia, pues, la vida carecería de mucho sentido. Bien lo expresó Baltasar Gracián hace varios siglos: “Cada uno muestra lo que es en los amigos”.

Independientemente de lo que pueda considerarse por circunstancia o no, creo que los amigos cumplen una misión en la vida, según el momento en el que llegan, para mostrarnos muchas facetas que podemos ignorar, sea por protección personal –vía mecanismo de defensa– o por simple ignorancia supina. Por eso hay unos que son para siempre y otros que duran un poco menos. 


Cada quien sabe qué tipo de refugio encuentra en los amigos, sobre todo, en momentos actuales cuando la palabra ha perdido la fortaleza de su contexto, pues ya las amistades se confunden sencillamente con los seguidores, como si el vínculo único de un afecto pudiera replicarse con tener una tropilla a merced de todas las ocurrencias. Nada más alejado para la definición real. Un buen amigo, como quien inspira esta columna, debe ser experto en llevar la contraria.

Así, un buen círculo de amigos es, también, una buena red de apoyo. En cierta medida, quienes conocen el peso y calibre auténticos de ese vínculo sagrado, son ese primer auxilio psicológico que emerge cuando se presentan dificultades en el camino. Su obrar marca, sin importar sus conocimientos, el nivel de descanso que encontremos en sus consejos. Son esos primeros terapeutas, si les podemos llamar así, que alivian las angustias que asfixian a veces la razón.

miércoles, 27 de abril de 2022

El efecto Ígor

Ígor está de cumpleaños. Es su primer aniversario. Al menos, eso fue lo que nos dijeron cuando lo adoptamos, que sería por estas fechas. Su llegada a la familia ha sido más que una buena noticia; superó todas las expectativas y, por suerte, superó todos los miedos que pudieran haberse creado.

Ígor no habla, pero su compañía es óptima en los momentos en los que se decae el ánimo. Llegar a casa y sentir su afecto es algo que nunca había experimentado en mis 29 años de vida. Me tardé mucho en llegar, -no sé por qué fue tanto tiempo o tal espacio-, pero su arribo a mi hogar es un acontecimiento que merece toda la algarabía del caso.


Ígor es mi gato; la primera gran mascota en propiedad de mi vida. Cuando fui niño, junto a mi hermano, tuvimos unos canarios, pero estos murieron una madrugada de año nuevo cuando los encontramos flotando en un tanque de agua. Fue un momento difícil de observar para un niño y aún lo cargo como adulto. Nos rodeamos de algunos perros de parientes, como Júnior, que se lo robaron, o Teo, que vive en Cali.

En junio del año pasado adoptamos a Celsius. Así llamamos al gato de raza siamés; lindo como él solo. Después de mucho pensarlo, en la familia nos sentíamos preparados para adoptar una mascota. Por facilidad pensamos en un felino. Así que Celsius recibió nuestro abrazo. Sin embargo, este pequeño gato, de semanas de nacido, murió apenas 10 días después de llegar a nuestra casa. Tenía una enfermedad de base, lo que significó una enorme pena y una demoledora derrota para el ánimo de adoptar una mascota.

Al mes exacto de haber muerto Celsius, fue que llegó un precioso gato de pelaje blanco. Ígor, lo llamamos. Pero, como soy amante de los nombres compuestos, lo nombré Ígor José. Lo curioso, es que responde al estímulo sonoro del nombre cuando se lo pronuncio y lo hace maullando.

Todo este relato solo tiene como función resaltar la importancia que tienen los animales en la vida de los seres humanos. Ígor ha inculcado en mí un cariño que nunca pensé tener; a mis padres los ha hecho mejores amigos, así como ha dinamizado la vida del hogar. Nunca, en medio de la terquedad que hereda esa falsa superioridad cognitiva humana, pensé que un animal podría cambiar la vida como lo hace Ígor. De allí, que se sea un fenómeno: el efecto Ígor.

Los animales juegan un papel esencial en la vida emocional y psicológica de quienes se dejan influenciar por ellos. Además, su cooperación en la manera de vivir, de sentir, de emocionarse, son enormes cuotas que permiten sobrellevar cualquier tipo de vicisitud. Jamás pensé que lo diría, pero un gatico, que por esta época cumple un año de nacido, ha hecho por mí más que mil visitas al terapeuta o que una montaña de litio completa.

Adicionalmente, es fascinante la sensación que da adoptar un animal; arreglar todo para brindarle un hogar, funcionar en pro de su bienestar. Por eso, adoptar una mascota no es una decisión pasajera, es un compromiso con la naturaleza y la paz mental. Así que: ¡Larga vida a Ígor!

viernes, 1 de abril de 2022

Silenciar para vivir

Por muchos años, cada noche solía poner el celular a cargar al lado de mi cama, sobre un nochero. Tampoco lo dejaba apagado y solo lo configuraba en vibrador para que, en caso de una llamada, no muriera de un ataque al corazón por el sonido brusco del ringtone. En mis planes mentales estaba contestar, así nadie quisiera llamarme a las 2:00 a.m. de cualquier día.

Yo no soy precisamente un monumento al sueño y siempre me despierto en medio de la noche, quizás para hacer una pausa activa o para buscar una posición más cómoda al dormir. Sin importar la hora, mi cerebro, que no se desenchufa, como el mismo internet o el mismo celular, de una u otra manera, salía del letargo del sueño para conectarse de inmediato con las novedades provistas por una extensa hilera de notificaciones. 

Al despertar sentía que no había descansado o que la reparación propia del sueño nocturno había sido estéril por cuenta de una adicción o dependencia. De la misma manera, por mucho tiempo me impuse la labor de responder rápidamente los mensajes que me enviaban por chat. Craso error.

Y así, de la nada, entendí que había construido mi realidad inmediata en la hiperconexión. El celular, la tableta, el reloj, todo estaba constituido bajo el mismo perfil y el mismo sujeto que estaba siempre atento a lo que podía suceder y no sucedía. Incluso, de cargar en el reloj inteligente las notificaciones del celular, solía revisarlo constantemente sin siquiera recordar la hora.

Sin embargo, hace unos tres años, en una noche cualquiera, decidí apagar el celular. Al principio me causó cierta ansiedad por desconectarme. Se convirtió en hábito y muchas personas entendieron que mi tiempo de desconexión estaba convirtiéndose en un plazo sagrado.

Ese fue un paso enorme que aprendí a no negociar. También, conecté el cargador lejos de la mesa de la noche para poder tener un entorno más limpio. El año pasado di un paso todavía más grande: silencié todas las notificaciones de WhatsApp, a excepción del chat con mi madre. Ya no las tenía en el reloj para una prelectura. Ya las conversaciones ausentes no interrumpían mis conversaciones presentes y no estaba en disposición perpetua.

Lentamente comencé a apagar las notificaciones de otras aplicaciones, proceso que sigue hoy. Por verbo y gracia, no sé qué hice en mi Twitter que ya no me notifica las respuestas a mis tuits y ha sido una sorpresa liberadora. Hice de mi Instagram y Facebook lugares tan aburridos llenos de recetas que nunca cocino, de artesanías que no sé hacer y de frases que nunca se me ocurren, que entrar me toma apenas unos segundos para volver a salir.

Toda esta reflexión salió de leer Minimalismo Digital, un libro de Cal Newport, en el que llama la atención en un mundo de ruidos y vibraciones por notificaciones. El mismo habla sobre cómo las redes sociales están configuradas para que todos las necesitemos y consuman nuestro tiempo, nuestra vida. Venden varias adicciones, pero de esto podemos hablar luego.

Lo cierto del caso es que apagar las notificaciones y silenciar el celular abre la mente a los sonidos de la realidad. Si no lo ha hecho, ¡inténtelo! Es el nuevo “salir a tomar aire”.