viernes, 8 de enero de 2021

Simple. Viajar, simplemente.

Confieso que soy un mal viajero. Quizás mi espíritu capricorniano me llena de inseguridades y falsas preocupaciones y, por eso, intento llevar mi mundo en una maleta llena de suposiciones: “esto por si hace mucho calor, o esto, por si hace menos”.

En esa retórica he crecido. Soy un hombre de viajes muy medidos porque me complico demasiado en y con todo. Justamente, mi más reciente viaje a Cartagena me lo dijo explícitamente: Aprende a ser más sencillo; más simple. Me permití una licencia de mis inseguridades y quise que todo fluyera, sin preocuparme por caminos, presupuestos y un montón de supuestos.

Muchas personas atinan a decir que lo mejor que guardan muchos planes es su componente de sorpresa o improvisación. Este fue así. En dos días se resolvió, sin meditaciones o cuidadosos análisis; dejándose llevar. Cartagena la he visitado varias veces en misión académica, pero ya eran más de 12 años en los que no saludaba esa ciudad únicamente en las sandalias del turista. 


Ideal

Los manizaleños somos expertos en conexiones aéreas. Diferente a destinos como Bogotá o Medellín, estamos acostumbrados a hacer largas esperas para viajar a la costa Caribe o Pacífica, a otros países, o simplemente, cualquier otro rumbo. 


Esta vez fue diferente. La aerolínea EasyFly retomó sus frecuencias de temporada que conectan directamente a Manizales con Cartagena; cómodamente, en vuelos que tardan poco más de 1 hora y 20 minutos que nos llevan directamente a dos aeropuertos que están enclavados en sus respectivas ciudades.

Viajé el primer día del año. Las cabañuelas y las suposiciones me sugirieron que era un acto de buena suerte y que pocas cosas había tan buenas como iniciar una nueva calenda sentado en un avión. A pesar de algo de nubosidad, todo salió como un reloj. El vuelo fue tranquilo y calmado. Pese a las trancas que impone el coronavirus, es una gran experiencia salir del aeropuerto que queda a 10 minutos de casa y aterrizar en el Rafael Núñez.

El paisaje es agradable; salir de nuestros cafetales, continuar por toda la cadena montañosa que bordea el Río Cauca hasta entender que nuestro viaje es hacia el mar luego de reconocer la desaparición lenta de nubes y el aplanamiento topográfico. Es una oportunidad tremenda que le recorta horas al proceso de transporte y se las agrega a la magia del viaje.

Entre parte de los pasajeros se murmuró el deseo de mantener esta ruta durante otros momentos del año, permitiendo a los manizaleños olvidarnos del vuelo de conexión o del viaje terrestre a Pereira para poderlo vivir en las calles o las playas de La Heroica.

Magia

Aunque puede sonar cliché, viajar tiene su momento mágico, esa abstracción del esplín, de la realidad, ese obligatorio cambio de pensamiento, esa revolución de las sensaciones y el deber ser de todo: Permitirse sentir.

No sabía qué iba a encontrar esta vez. No había correrías de registro ni un horario prestablecido y poco flexible. Todo estaba libre. Podía caminar por las honduras de la paz que otorga la buena libertad, con todos los destinos abiertos, rutas dispuestas y con el alma sugestiva diciéndome que me dejara llevar. 


El primer regalo que obtuve fue encontrarme de frente con el fuerte viento que es vehículo de ese místico salitre. Quienes no soportamos los vientos a mayores alturas, sabemos el regalo que es poder mirar de frente, sin tensiones, la pose de los vientos, su constancia, su fuerza, su envoltura de calor.

Quise convertirme en caminante y eso lo logré con Manuel, mi fiel compañía de viaje. Aunque yo parecía su lazarillo, siempre pude ver el norte de nuestro camino, aunque sin preocuparme por cualquiera que fuese nuestra dirección. La ciudad, raramente desierta durante la tarde del primer día  del año, se superpobló para la noche.

Las paredes sudaban la humedad propia del ambiente, de la Luna Llena, de los visitantes animados por recorrer y maravillarse, mientras que se buscaba mantener algo de distancia social, una quimera entre humanos disociados por lo invisible.

Ese camino que se desprende por los pasos cansados del calor se anima por el bálsamo de cada trago de agua. Al paso, un amanecer con tonos celestes de todo tipo, caminatas por la playa, sin poder ingresar por prohibición de bañistas, pero con la calma de la sabiduría del mar. Un amigo me dijo con confianza que permitiera que el agua salada lavara mis penas presentes y así fue. A pesar de un calor intenso, fue refrescante. La sabiduría marítima.

Sobre el presente y el futuro hablé con George, pariente ‘nuevo’ de Manuel. Tratamos el ‘Libro de los Cambios’ y tratamos de sintonizarnos en lo que nos dijo. Para mí, gran parte de lo consignado allí suena inteligible o de extorsión interpretativa al gusto propio; pero, para George, de enorme significado. La conclusión ya la esbocé: Simplificar la vida, hacerla más simple, no resistir tanto sin sentido y permitir nuevas cosas llegar. Por suerte, quizás, ya había practicado en dejar ir el pasado, y me sentí aprobado en mi apuesta. 


Tesla decía que había que saber contemplar el mundo exterior, pero, además, saber reconocer el interior. Allí, en medio del viento, de la frescura, de ese sabor a Caribe, hubo clic; hubo comunión.

Reencuentro

Entre los episodios más geniales de un viaje están las sorpresas, aquellas cosas que nos hacen bajar la cabeza a quienes todo lo queremos tener en control. Tras meses de planearlo y de no poder, por fin pude encontrarme con mi amigo Denis.

Fue como pagar una deuda, una expectativa que por fin de cumplía y en el sitio menos pensado. No fue ni en Manizales, ni Pasto o Bogotá; fue en Cartagena. Dada la situación nos dimos una caminata hasta hallar un lugar aleatorio para tomar cervezas y dialogar de todo aquello no había rendido por la propia lentitud de la viva virtualidad. Denis bogaba, mientras yo pasaba lentos saboreos a la cerveza. Quería que el momento fuera lento y quizás así lo manifesté.

Fue un instante de plenitud y gratitud por y con la vida. Denis es un gran ser humano, un hombre inspirado y con un agudo sentido de olfato de la realidad. Encontrarlo en Cartagena fue la forma en la que nuevamente las cabañuelas y los amuletos me recordaron que será este un gran año.

También, me reencontré con Martha, la madre de Manuel. Una mujer madura y libre, trabajadora, pendiente y sin esclavitudes de cualquier tipo. Amable y jovial, creo que vio mi pequeño crecimiento en el viaje, en el cual pasé de ser un conservador y controlador viajero, a quizás pretender ser un viajante más libre y confiado.

Su presencia también me motivó a sentir el viaje, a degustarlo, a no temer a lo nuevo ni pasarlo por cuanto filtros creo ‘necesarios’. Fue todo bastante inspirador.

Tusa

Como cada viaje mágico, causa enorme sentimiento tener que darle por terminado. Esta ocasión no fue excepción alguna. Una parte de mí no quería regresar a casa. La otra le hacía entender que, para que guardara la magia y el poder emocional, debía terminar allí. Extenderlo podría quitarle ese lugar exacto y preciso que ahora ocupa mi memoria. 


De nuevo, la calma de saber que en minutos estaría en casa y no en un aeropuerto o bus me generaron más tranquilidad. Decidí llevarme en compañía un libro de Alejandro Gaviria mientras surtía los procesos aeroportuarios y fue enorme compañía. En el avión, lo fue, mientras pude. Siempre los paisajes desde lo alto me llevan a parecer un viajero primerizo –creo que lo soy– y puedo tomar decenas o cientos de fotos de las nubes y los paisajes.

Sin embargo, este vuelo de regreso de Cartagena a Manizales tuvo un componente especial. Una tripulación que se preocupó por hacer su acto de transporte una experiencia, más que solo un movimiento mecánico estudiado.

Las loas van para el piloto Rodrigo Bonilla y el copiloto Kevin Camacho. Este último, diferente a lo que hacen muchas tripulaciones, nos habló a sus viajeros, sabía que allí viajan personas con las preguntas inquietantes de: ¿por dónde iremos?

Recuerdo bien la voz del copiloto Camacho cuando pasábamos sobre la Hidroeléctrica de Ituango y su intento por explicar que lo que allí seguía era el Río Cauca. Fue claro en explicar en un mapa, quizás mental, si se quiere, de la ruta para llegar a Manizales.

Esos procesos humanos, cercanos, hacen de estos viajes todavía mejores. Aterrizaje perfecto en Manizales y un viaje que enseñó la sencillez.

Aún tengo la maleta en el cuarto. Un par de días después de haber llegado a casa no termino por desempacar. Posiblemente por pereza, por desinterés, o porque quiero que un pequeño legado tangible de este viaje aún tenga vida.

Siento que aprendí sobre cómo debo empacar para mi próximo viaje, más ligero, no solo de ropas y aditamentos, sino de pensamientos y de cabeza.

Cuando viajar es un procedimiento simple, dentro de lo complejo que puede ser ir de un punto ‘A’ a uno ‘B’, se convierte en una memoria vida; el mejor pasaporte al buen recuerdo.


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