viernes, 1 de abril de 2022

Silenciar para vivir

Por muchos años, cada noche solía poner el celular a cargar al lado de mi cama, sobre un nochero. Tampoco lo dejaba apagado y solo lo configuraba en vibrador para que, en caso de una llamada, no muriera de un ataque al corazón por el sonido brusco del ringtone. En mis planes mentales estaba contestar, así nadie quisiera llamarme a las 2:00 a.m. de cualquier día.

Yo no soy precisamente un monumento al sueño y siempre me despierto en medio de la noche, quizás para hacer una pausa activa o para buscar una posición más cómoda al dormir. Sin importar la hora, mi cerebro, que no se desenchufa, como el mismo internet o el mismo celular, de una u otra manera, salía del letargo del sueño para conectarse de inmediato con las novedades provistas por una extensa hilera de notificaciones. 

Al despertar sentía que no había descansado o que la reparación propia del sueño nocturno había sido estéril por cuenta de una adicción o dependencia. De la misma manera, por mucho tiempo me impuse la labor de responder rápidamente los mensajes que me enviaban por chat. Craso error.

Y así, de la nada, entendí que había construido mi realidad inmediata en la hiperconexión. El celular, la tableta, el reloj, todo estaba constituido bajo el mismo perfil y el mismo sujeto que estaba siempre atento a lo que podía suceder y no sucedía. Incluso, de cargar en el reloj inteligente las notificaciones del celular, solía revisarlo constantemente sin siquiera recordar la hora.

Sin embargo, hace unos tres años, en una noche cualquiera, decidí apagar el celular. Al principio me causó cierta ansiedad por desconectarme. Se convirtió en hábito y muchas personas entendieron que mi tiempo de desconexión estaba convirtiéndose en un plazo sagrado.

Ese fue un paso enorme que aprendí a no negociar. También, conecté el cargador lejos de la mesa de la noche para poder tener un entorno más limpio. El año pasado di un paso todavía más grande: silencié todas las notificaciones de WhatsApp, a excepción del chat con mi madre. Ya no las tenía en el reloj para una prelectura. Ya las conversaciones ausentes no interrumpían mis conversaciones presentes y no estaba en disposición perpetua.

Lentamente comencé a apagar las notificaciones de otras aplicaciones, proceso que sigue hoy. Por verbo y gracia, no sé qué hice en mi Twitter que ya no me notifica las respuestas a mis tuits y ha sido una sorpresa liberadora. Hice de mi Instagram y Facebook lugares tan aburridos llenos de recetas que nunca cocino, de artesanías que no sé hacer y de frases que nunca se me ocurren, que entrar me toma apenas unos segundos para volver a salir.

Toda esta reflexión salió de leer Minimalismo Digital, un libro de Cal Newport, en el que llama la atención en un mundo de ruidos y vibraciones por notificaciones. El mismo habla sobre cómo las redes sociales están configuradas para que todos las necesitemos y consuman nuestro tiempo, nuestra vida. Venden varias adicciones, pero de esto podemos hablar luego.

Lo cierto del caso es que apagar las notificaciones y silenciar el celular abre la mente a los sonidos de la realidad. Si no lo ha hecho, ¡inténtelo! Es el nuevo “salir a tomar aire”.

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